La Granny
Una foto de mi bisabuela que me invitó a conservar los archivos fotográficos familiares
Hasta ahora les hablé sobre cómo viene el proceso de digitalización de los archivos fotográficos que heredé, pero nunca les conté cómo empecé a interesarme por el tema. Supongo que es un combinación de cosas, pero esta imagen tiene mucho que ver con mi fascinación por las fotos antiguas:
No recuerdo cómo llegó primero al último rincón de un mueble del comedor y luego a la centralidad de un estante del living de mi casa de crianza. La niña de la foto se convirtió en una presencia que acompañaba en silencio, un punto de vista fijo de nuestra vida cotidiana. Ella se mantuvo quieta, en la misma postura, con la misma edad y en la misma época histórica mientras nosotros hacíamos la típica coreografía en cámara rápida de una familia cuyos integrantes crecen, se avejentan o mutan y se hacen preguntas.
¿Quién es esa nena? ¿Qué tiene que ver con nosotros? Tampoco recuerdo si alguna vez lo pregunté en voz alta. Lo supe como se saben todas esas cosas que no recordás cómo las aprendiste: es La Granny (así, con el artículo en español y el sustantivo en inglés, supongo que para convertirte en una institución familiar en el siglo XX tenías que ser portadora de un apodo con idiomas combinados). Era la abuela de mi mamá, falleció dos meses antes de que yo naciera, no conoció a ninguno de sus bisnietos, pero aún hoy sigue siendo La Granny.
Por supuesto que sin mucha información y en horas de aburrimiento o procrastinación saqué conjeturas: la nena de la foto está vestida de negro porque fue a un funeral y porque no sonríe. O sí sonríe, pero a medias, porque del otro lado de la cámara no la dejan, la obligan a estar seria. Los años de inventar historias sobre esa imagen se terminaron cuando en 2011, haciendo un trabajo práctico para la facultad, descubrí el archivo completo de las fotos de su juventud. El plano se abrió y sus retratos me presentaron un personaje que, antes de convertirse en institución familiar, tuvo un nombre de bautismo: sus padres la llamaron Ana Inés Kenny y, desde ese momento, me obsesioné con saber más sobre ella.
Algunos meses atrás les conté sobre la foto más antigua de la familia, que me hizo viajar por Irlanda. Es un retrato de 1880 de Michael Kenny, el papá de La Granny. Pueden leer la historia completa en este post:
La Granny en el estudio. Ana nació en 1901 en Rojas, provincia de Buenos Aires. Por esa época, a los inmigrantes irlandeses les costaba integrarse con quienes ellos llamaban los ‘natives’. La costumbre de la comunidad que vivía en el campo era que sus hijos se educaran con institutrices que hablaban en inglés. Por eso Ana hasta los diez años se crio en una burbuja irlandesa ubicada en el plena llanura pampeana. Recién a esa edad aprendió a hablar castellano, cuando la mandaron pupila al Colegio Santa Brígida (por supuesto que irlandés y católico) de la ciudad de Buenos Aires.
Dicen algunas versiones que una vez terminada su formación escolar en 1919, Ana quiso quedarse en el convento y convertirse al noviciado, pero alguna de las monjas le aconsejó con mucho criterio que antes de tomar esa decisión tenía que salir al mundo.
Su habilidad de taquidactilógrafa bilingüe le permitió conseguir trabajos bien pagos como secretaria en empresas inglesas y estadounidenses. La evidencia fotográfica de esos años demuestra que Ana se tomó al pie de la letra la propuesta de la monja y disfrutó al máximo de su juventud de soltera con independencia económica: jugaba al tenis, iba a los bailes del club, disfrutaba de los carnavales y se sacaba fotos de estudio (muchas, ahora sí sonreía en algunas).

Tuvo un novio francés con el que no la dejaron comprometerse. Era inaceptable que no fuera irlandés. Además, su madre Margaret, había establecido una costumbre de dudosa veracidad que decía que primero debía casarse su hermana mayor, Cissie1. Mientras tanto, Ana siguió yendo a los estudios a registrar su vida. Las de los disfraces de carnaval son mis favoritas:
Casi llegando a los 30, Ana seguía soltera. Con miedo a convertirse en una solterona, mandó a podar la hortensia2 que tenía en la ventana de la habitación compartida con Cissie. Al parecer, ese ritual y la costumbre ininterrumpida de ir a los bailes del club surtieron efecto: en el Carnaval de 1931 conoció a mi bisabuelo Abelardo Pérez. Ahora las fotos que se sacaba en el estudio estaban dedicadas a él:
Para sorpresa de nadie, su madre tampoco estuvo de acuerdo con el compromiso. Pero esta vez a Ana no le importó que Abelardo era español y que Cissie siguiera soltera3. Se casaron en diciembre de 1933 y por supuesto que su foto salió publicada en el diario de la comunidad irlandesa de Buenos Aires:
Margaret no estuvo de acuerdo con la unión de su hija, pero igual ofició de madrina. El flamante matrimonio se fue de luna de miel a Córdoba y luego se instaló en la casa que Abelardo había construido aún soltero junto a sus padres españoles. La historia cuenta que Margaret nunca pisó esa dirección, hasta sus últimos días (que fueron larguísimos años y lo cuento acá) mostró su desacuerdo exigiendo que su hija y sus nietas la visiten. Evitó relacionarse con su yerno y consuegros.

La Granny a través de los ojos de un lente Kodak. Con la llegada de Abelardo a su vida, las fotos en el estudio quedaron reservadas exclusivamente para ocasiones especiales. Es que su marido se compró una cámara Kodak de cajón4, que podía llevar a cualquier lado. Por eso Ana abandonó los escenarios ficticios del estudio y comenzó a ser retratada a plena luz del día. La pose cuidada le cedió el protagonismo a los entornos naturales y cotidianos: la casa, la vereda, el barrio, la montaña y la playa.
Mis fotos favoritas de ese álbum son las de recién casados, cuando todavía mi abuela Maggie no había nacido.

La primera hija tardó en llegar un poco más de lo esperado, por eso siguieron disfrutando de las vacaciones de a dos.
Con la llegada de mi abuela Maggie y su hermana Leo, Abelardo se convirtió en un gran retratador de la vida familiar. Para mí fue revelador descubrir en 2011 su registro cotidiano y algo compulsivo (es un álbum muy extenso para la época). Mi abuela vio mi cara de fascinación y en ese mismo momento me heredó todo el archivo fotográfico.
El álbum familiar se termina de repente. Ana queda viuda a los 45 años y ya nadie la retrata. Reaparecen fotos de ella cuando mi abuela Maggie se pone de novia con mi abuelo Julián, que toma la posta de la obsesión por el registro (y es el que le da el nombre a este newsletter).
El legado de La Granny. Ana fue la única abuela que mi mamá conoció. Quizás es por eso que se ganó el título de institución familiar nombrada con artículo en castellano y sustantivo en inglés. Pienso en eso mientras sigo recorriendo con la mirada sus fotos, mientras me imagino que la conozco gracias a que dejó registro de su existencia. Pero también leo:
Las fotografías, que en sí mismas no explican nada, son inagotables invitaciones a la deducción, la especulación y la fantasía. (…) La fotografía implica que sabemos algo del mundo si lo aceptamos tal como la cámara lo registra. Pero esto es lo opuesto a la comprensión, que empieza cuando no se acepta el mundo por su apariencia. Toda capacidad de comprensión está arraigada en la capacidad de decir no. En rigor, nunca se comprende nada gracias a la fotografía. (…) Solo aquello que narra puede permitirnos comprender.
Las palabras Susan Sontag en su libro de ensayos Sobre la fotografía5 me sacan del hechizo en el que estaba metida. Cómo voy a creer que la conocí solo porque su foto de niña acompañó todas las instancias de mi crecimiento. Sin embargo, sigo pensando. Tomo aquello que me contaron de Ana y lo completo con las imágenes:
Hacer fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento o lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo. (…) Como los parientes y amigos muertos conservados en un álbum familiar, cuya presencia en fotografías exorciza algo de la ansiedad y el remordimiento provocados por su desaparición, las fotografías de barrios hoy demolidos, de zonas rurales desfiguradas y estériles, nos procuran una relación de bolsillo con el pasado. Una fotografía es a la vez una pseudo presencia y un signo de ausencia.
Me quedo siempre con esa relación de bolsillo con el pasado que me brindan las fotos antiguas. Por eso guardo todas las que puedo y las digitalizo (y las comento en este newsletter).
Mi mamá describe a La Granny como una abuela distante, callada, con altos niveles de practicidad en sangre. Rezaba todos los días el rosario en un rincón oscuro de la casa. La practicidad y la distancia social son dos deportes que aún hoy las mujeres Pérez Kenny practicamos. Hay que ver cómo nos va en la carrera de construirnos como instituciones familiares que influencien generaciones futuras.
Dos autobombos pertinentes y relevantes 🤭
🎄Regalos navideños de último momento (promoción válida sólo para quienes estén en Buenos Aires). Hace un año con mis amigas del taller de escritura publicamos un pack de 22 postales literarias con ilustraciones de Paula Paganini en el frente y micro-relatos nuestros en el dorso. Si te falta algún presente para el arbolito, está 100% chequeado por la ciencia del internet que son un gran regalo:
Pueden conseguirlas en la tienda virtual de Salvaje Federal o en las siguientes librerías de Buenos Aires:
📍Parque Chas - @malatesta_libros - Gándara 2994
📍Villa Crespo - @mandragora.librosycultura - Vera 1096
📍Villa Mitre - @eriza.libreria - Juan Agustín García 2435
📍Villa Pueyrredón - @ramunalibros - Av. Salvador M. del Carril 3095
📸 ¡Mis fotos de Bath salieron en Perpetuo! El mes pasado JL Sabau se topó con esta note en la que compartí algunas de las postales que saqué durante mi viaje a Inglaterra en 2024 y me propuso publicarlas en este foto-ensayo que enmarcó con sus palabras:
La sección de foto-ensayos se volvió mi favorita de la revista Perpetuo, pasen a ver todos sus artículos por acá.
Sospecho que estas reglas eran más estrictas con las mujeres de la familia porque Margaret pretendía que ellas fueran las que se encargaran de cuidarla en la vejez.
Existe un mito popular que dice que si plantás una hortensia en la ventana de la habitación de tu hija, ella nunca conseguirá pretendiente. Otra estrategia que se ve que a Margaret no le funcionó con Ana.
Spoiler alert: Cissie nunca se casó. Por suerte Ana rompió con la tradición, sino no estaríamos acá 🤭
La invención de esta cámara revolucionó la historia de la fotografía y me parece fascinante. A fines de la década de 1970, George Eastman, de 24 años, decidió irse de vacaciones a Santo Domingo y quiso llevarse una cámara para retratar los paisajes con los que se encontrara. El problema fue que los aparatos fotográficos de ese entonces tenían mucha infraestructura: una tienda de campaña para preparar y revelar las placas húmedas antes que se secaran, un trípode pesado y todos los productos químicos necesarios para realizar la captura. Además, debió tomar clases para aprender a usarla. Eastman nunca hizo ese viaje, pero esta experiencia produjo que se obsesionara con inventar un método sencillo que le permitiera al aficionado obtener buenos resultados sin tener que hacer tanto esfuerzo. Así fue como, luego de varias pruebas e investigaciones, en 1888 lanzó al mercado la primera cámara Kodak: era de tipo cajón, económica, liviana y de un tamaño pequeño (un poco más chico que una caja de zapatos). Venía cargada con un rollo de película de papel cuya longitud permitía sacar 100 fotos. Cuando el rollo se terminaba, el aparato completo debía ser mandada a la fábrica Kodak, donde se sacaba la película en una cámara oscura y se recargaba la máquina. El slogan de la marca era “oprima el botón, nosotros hacemos el resto”.
Estoy leyendo esta edición y creo que se está convirtiendo en una de mis lecturas más subrayadas y comentadas al margen. Susan no para de tirar un facto atrás de otro.













Hermosa tarde de sábado leyéndote. Adoré este post y viajé al pasado con vos. Gracias infinitas.
Volviendo a Substack por lo alto leyendo tu texto Mechi. Tus historias familiares me atrapan siempre
PD: ya me apunte el libro de Susan Sontag :)